Ya casi no había tiempo. Esos 2 segundos en el reloj, que en general significan algo así como una eternidad en este deporte, no parecen satisfacer de esperanza el corazón de los nuestros. No importaba el esfuerzo casi sobrehumano, el talento repetido… ya casi nada importaba. Pero todavía “había” que jugar esos 2 segundos. Montecchia tomó el balón sintiendo todo el pesar de ese punto de diferencia y comandó el ataque, como quien camina hacia el patíbulo. Divisó a Ginóbili y le pasó la responsabilidad; si había que morir mejor hacerlo de pie. Pero justo en ese instante vaya a saber quien trastocó los designios. Como si alguien hubiese mezclado las cintas de la película brindándole un nuevo final a la obra, uno que nadie esperaba. Ese es el mandato de los distintos. El balón salió de la mano del número 5 y, a partir de allí, todo fue silencio. Nadie de este lado del Atlántico sintió la chicharra que daba por finalizado el partido porque la pelota todavía viajaba hacia su destino. Y finalmente, en silencio, se deslizó dentro de la canasta luego de haber rebotado contra el tablero colorido. El partido estaba ganado. Se había vencido no solo a Serbia y Montenegro, sino a la desesperanza y al aplomo. La euforia se convirtió en la compañera de ese plantel que ahora corría a abalanzarse sobre el máximo artífice de ese triunfo. El que lo había hecho una vez más. El distinto.



Ese 15 de Agosto Emanuel Ginóbili no solo le dio un triunfo vital al seleccionado de básquetbol argentino, triunfo que lo catapultaría a conseguir la tan ansiada medalla dorada, sino que lo graduó a él mismo de diferente. Fue la primera vez que pudimos ver en Manu una de esas acciones que transforman a los cracks en verdaderas estrellas que perduran a través de los tiempos. Responsable de que el ciudadano común se preocupe por lo resultados del básquetbol en un país donde este deporte está muy detrás del fútbol en popularidad, Ginóbili continuó dando que hablar: ganó el título de la NBA en 2005, coqueteando con el MVP, mención que quizás mereció mas que Duncan pero donde la “chapa” del de las Islas Vírgenes le dio esa luz de ventaja, y el de 2007, ya afianzado como uno de los pilares fundamentales de los Spurs, franquicia que se asegura su talento pagándole mas de 9 millones de dólares por año.



Decir que Manu es el mejor deportista que dio nuestro país después de Maradona es hacer justicia a la verdad y reconocer la historia en el momento que se está produciendo. Hoy por hoy debe ser, junto con Steve Nash, el extranjero más reconocido y apreciado dentro de una liga poco acostumbrada a que jugadores de otro medio se alcen con victorias o actuaciones descollantes. En parte es por eso que lo de Ginóbili es tan meritorio y ya tiene reservado un lugar en el apartado de las glorias del deporte: porque debió luchar contra el nacionalismo de una sociedad que considera que el básquetbol es patrimonio únicamente propio y que cualquiera que llegue, más aún un hispano, está claramente fuera de su medio. No es casualidad que, sin importar las actuaciones del bahiense durante los últimos años, haya participado una sola vez del juego de las estrellas, donde la gente elige a sus favoritos para ser titulares y los entrenadores a los suyos para ser suplentes. Pero a fuerza de tesón, sacrificio y una gran obsesión por la perfección (siempre en el buen sentido) Manu se ganó a propios y ajenos. Gregg Popovich, su entrenador, está obnubilado con su juego y lo considera su carta fuerte a la hora de hacer diferencia, sus compañeros ya lo consideran líder y lo buscan cuando “las papas queman”, y si uno se detiene a ver las tribunas, cada vez encontrará más niños con las remeras del número 20. La movida de marketing y prensa alrededor de él es fabulosa, comparable a las grandes estrellas norteamericanas de este deporte o del fútbol americano. Pero el bahiense mantiene los pies sobre la tierra. Participa en campañas benéficas, fomenta el crecimiento del básquet en nuestro país mediante la organización de clínicas del deporte y, desde hace poco tiempo, posee su propia fundación, mediante la cual aporta su grano de arena para paliar las desigualdades sociales que sufre la Argentina.


Hoy el básquetbol argentino pasa por un momento de bonanza, con 6 compatriotas jugando en la liga más importante del mundo, y mucho le debe a este jugador que debutó en Andino de la Rioja. Un hombre que ha sabido mantener su cabeza fría en momentos donde una persona común se quebraría indefectiblemente. Que ha podido lidiar con la presión de millones de ojos mirándolo y millones de dólares patrocinándolo. Y que, sin importar todas esas variables, ha logrado imponer su estilo y marcar a fuego su nombre en el firmamento inexpugnable de las máximas estrellas. Por eso debemos reconocer a Manu “en vida”, porque dentro de muchos años algún adolescente preguntará ¿Usted vio jugar a Ginóbili?, y responderle que no sería el equivalente a haberse perdido un pedazo de historia.

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